Hay finales de año que se sienten como un corte brusco: balances apurados, listas, metas, cansancio. Este no. En Ajolote, diciembre se siente menos como un punto final y más como ese momento en que uno toma distancia, mira el camino recorrido y reconoce algo simple, pero grande: dejamos de ser “un estudio en transición” para convertirnos en un proyecto más maduro, sin dejar de mutar. No hubo un gran anuncio ni un rebranding estridente. Hubo otra cosa: tiempo, trabajo sostenido y muchas conversaciones puertas adentro.
En la investigación académica, los datos suelen ser densos, extensos y difíciles de interpretar fuera de la comunidad experta. Sin embargo, en un contexto donde la ciencia necesita dialogar con múltiples audiencias — tomadores de decisión, comunidades, organismos internacionales, medios y ciudadanía—, la visualización se ha convertido en una herramienta clave para traducir información compleja en mensajes claros, memorables y accionables.
Hay movimientos tan rápidos que parecen no pertenecer al mundo visible. Una gota cae y desaparece antes de tener forma. Un vidrio se quiebra en un sonido, no en una imagen. El aleteo de un colibrí vibra más rápido de lo que la retina puede registrar. Durante mucho tiempo, esos gestos fueron apenas intuiciones: sabíamos que estaban allí, pero no teníamos cómo mirarlos.